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A partir de las Sagradas Escrituras sabemos que cada ángel tiene, en el universo, un deber concreto que cumplir, pero que permanece inaccesible para nuestra comprensión.

Galaxias, planetas, estrellas o, para hablar del mundo en que vivimos, océanos, ríos, ciudades y naciones: todos estos elementos se confían al cuidado de los ángeles.

Entre los que tienen que desarrollar su misión en la tierra, son muchos los que se dedican a guiar y a proteger a los hombres: son los ángeles custodios.

Al nacer, cada uno de nosotros estamos confiados al especial cuidado de una criatura celeste, que tiene la labor precisa de custodiarnos y asistirnos en todos los momentos de nuestra vida, sin abandonarnos nunca.

Por lo tanto, cada persona tiene su propio ángel custodio, independientemente de factores de raza, cultura y religión. También lo tienen las personas que se consideran ateos, los materialistas más convencidos e incluso los que se resisten a creer en una dimensión distinta de la terrenal.

Nuestro ángel personal nos protege de los peligros que nos amenzan sin que nosotros lo sepamos, nos obliga a hacer el bien y a evitar el mal, se encarga de transmitir nuestras plegarias y actúa sin descanso para hacernos cada día un poco mejores y más dignos del amor divino.

En circunstancias particulares, el ángel se manifiesta bajo un aspecto que nuestras sentidos puedan percibir o, cuando es necesario por el bien de su protegido, asumen un aspecto humano para no confundir y desorientar a quien se le permite verlos en ese momento.

Muchas personas que afirman haber entrado en contacto con los ángeles definen las presencias angélicas como fuentes que irradian luz, que despliegan unas alas especiales que cambian continuamente de color y de forma. Según estas descripciones los ángeles no tienen rostro sino una especie de cuerpo luminoso.

En cambio, son distintas las historias de aquellos que afirman haber encontrado un ángel en un momento concreto de su vida. Estas personas hablan sobre todo de un ser de carne y hueso que ha prestado una valiosa ayuda en una situación de emergencia y que poco después ha desaparecido misteriosamente.

Y nada impide creer, como hacen algunos, que personas que nos hayamos encontrado casualmente en uno de los muchos momentos de la vida, quizá durante durante un viaje o en una circunstancia banal, fueran en realidad ángeles: personas que, antes de desaparecer, tras haberse cruzado durante un instante en nuestro camino, han pronunciado pocas palabras, pero suficientes para iluminar y para modificar profundamente nuestra existencia.




De "El Ángel Custodio"
Autor: Surabhi E. Guastalla